ORACIÓN

 

2010. Primeros días del mes de enero. Por esas cosas de Dios, me recojo a orar. Sé que Dios me escucha. Orar es el desahogo más auténtico, acto de confianza en Dios, que me vacía de mí mismo y me llena del amor cuidadoso de mi Señor. Y de los otros. La oración tiene efectos fecundos en mi corazón y en el de los demás. No lo dudo. Lo que a mí me quema interiormente, me consta que también quema el corazón de Dios. Me dirijo a mi Dios y Señor, precisamente porque no me olvido de los demás.

 

PADRE, tú eres el Padre de todos. ¿Por qué te olvidamos? Somos hijos muy desagradecidos. Nos creemos, -¡para que te voy a contar!- muy adultos, sabihondos y progres. Tanto que el padre nos estorba. No queremos ser hijos de nadie, ni de Ti, Padre. Eso es cosa ya muy carca y sólo produce inconvenientes. ¡Si creyéramos!

Ni Tú te has librado, Padre. Te hemos dejado de lado para que nos dejes en paz. Eres demasiado pesado. Siempre repites lo mismo: que eres Padre, que nos amas mucho, que no puedes olvidarnos. Y hasta que has dado la vida por nosotros. A los hombres de hoy, Padre, todo eso nos suena a ocurrencia demasiado bonita e ingeniosa para que sea verdad. ¡Qué ingenuos!

Padre, de verdad de verdad, ya no te aguantamos más. Por eso estamos perdidos. No nos entendemos. No sabemos ni lo que hacemos, Padre. Ni creemos que seas Padre, ni Amor, ni Verdad y mucho menos Vida. Mientras tanto, Tú continúas amándonos. ¡Con verdad y sin regateos!

Padre, cuánto vacío en el corazón humano. Un vacío tan inmenso como enorme es su ambición de poder, de consumo, de placer. ¡Tú quieres llenarlo!

El corazón humano, creado y recreado por ti, Padre, con tanto amor, delicadeza y predilección, con tanta capacidad, lo has hecho así para la plenitud: la plenitud de la vida, del amor, de la felicidad. No cualquiera, sino la plenitud tuya, la de la vida, el amor y la felicidad tuyas. Sí, Padre, la tuya. Y esa la quieres seguir volcando en nuestro corazón. ¡Por ahora no lo consentimos!

Al no poseer esa plenitud, el corazón del hombre, nuestro corazón, está infinitamente vacío, con un vacío de muerte y por eso buscamos llenarlo de cosas tantas veces inútiles, que le manchan, le hieren, le enferman y le llenan de amargura y de una profunda y constante insatisfacción. Tú lo sabes bien: vamos y venimos, corremos, nos agitamos... Trabajamos, nos desgastamos hasta la extenuación. Pero dedicarte un tiempo a Ti, encontrarte en la quietud de la tarde para contarte y sobre todo para escucharte, no, para eso no tenemos tiempo. Ya ni sabemos hacerlo. ¡Con amor, Tú sigues esperando!

Encontrarnos en comunidad para celebrar la fiesta de la familia cristiana, la Misa, ni hablemos. El fin de semana es para salir corriendo de nosotros y de los demás. Retirarnos a un lugar de oración y silencio nos resulta insoportable.

Padre, nuestro corazón está roto y nuestra alma oscurecida. Ni te vemos ni creemos como Padre, ni a los demás como hermanos. Te pregunto, Padre: ¿quién nos asegurará que estamos construyendo una nueva humanidad, una nueva Europa, una nueva familia, una nueva sociedad, una nueva Iglesia, una nueva generación que sabe olvidarse de sí misma y darse, como testigos vivos del Amor de Dios crucificado por nosotros? ¿Será que hemos matado el Amor..., y la Verdad?... ¡Otra vez homicidas y deicidas! ¡Perdón, Padre!

Siento que todo se silencia en mí... Y escucho en mi interior: -Y tú...

Padre, de verdad, sin tardar cambia mi vida y todo empezará a cambiar.